El uso de los nombres de Dios



Cada nombre de Dios determina unas cualidades espirituales específicas. Pero para conectar con Él, debemos participar de esas cualidades ya que, en el mundo espiritual, la regla que funciona es que igual atrae a igual, lo que no pasa en el orden corporal en el que rige la atracción de opuestos. Cada nombre nos indica como podemos alcanzar su grado espiritual.


Esta es una regla importante que conviene tener presente: en los mundos espirituales uno se une con los afines, con los que son iguales a él. Igual nuestra alma se encuentra a gusto con almas de su nivel. Por eso, en los mundos invisibles, la unión se hace por afinidad, según el grado o nivel de las almas que se unen. En cambio, en el mundo físico, en el mundo de los cuerpos, rige la ley de opuestos de tal forma que, de manera natural, uno se siente atraído por lo diferente.


Esto no es malo, al contrario: gracias a esta condición - que sólo se da en el mundo de los cuerpos físicos - es posible que 2 almas de distinto grado se sienten a la misma mesa; y que el alma superior aprenda de la más baja igual que la baja puede aprender a ascender. Y a eso venimos a este planeta: a mejorar la calidad de nuestra alma, porque una vez que muramos en este cuerpo físico, el nivel que alcancemos quedará fijo hasta la siguiente reencarnación.


El trabajo de corrección de nuestra alma tiene que ser hecho en los tiempos de vida en la Tierra. Sólo aquí es posible el ascenso. De ahí la creación de este mundo. Su objetivo - concebido por Havá, la gran madre universal – es el rescate de las chispas que quedaron atrapadas en los residuos del viejo mundo destruido y por cuya redención tentó la serpiente a la primera mujer.


Una de las herramientas que la Kabalá ofrece para conectar con los mundos superiores es el uso de los Grandes nombres que Dios asignó a cada sefirá. Pero para poder recibir los beneficios de un nombre concreto, primero hay que alcanzarlo, parecerse a Él, adquirir sus atributos, vibrar con su misma longitud de onda. Sólo cuando participamos del atributo correspondiente, podremos invocar, con éxito, los nombres divinos.


En otro caso, los podremos ver e incluso nombrar – lo que no es recomendable, en modo alguno – pero no los alcanzaremos. Porque uno solo alcanza a Dios, en sus distintas formas, cuando se parece a Él.


Los nombres de Dios pueden ser pronunciados o meditados. Su uso habitual es en las meditaciones; a través de ellas y visualizando los nombres divinos (siempre con letras blancas, que es el color de lo espiritual [1]) vamos corrigiendo nuestras malas cualidades de carácter a la vez que modificamos nuestro estado de conciencia personal pudiendo llegar a alcanzar, si las prácticas se hacen frecuentes, niveles de conciencia altísimos.


Pero lo importante es que cada vez que se meditan estos códigos, incluso en lo privado, se produce una influencia colectiva que afecta a toda la humanidad, porque su uso amplifica extraordinariamente el poder de nuestro pensamiento y potencia las meditaciones que con ellos se realizan. Son herramienta esencial en las prácticas kabalistas y pieza clave para el entendimiento de la Kabalá.


En el judaísmo actual, la meditación de los nombres de Dios ha sustituido a los antiguos sacrificios del Templo, que servían para quemar las malas cualidades animales. El sacrificio (corvan), explica la Torá, tiene un sentido: acercarnos a Dios. Al no poder realizar sacrificios después de la destrucción del 2º Templo en el año 70 de nuestra Era, el judaísmo sustituye esas viejas prácticas por la meditación de nombres de Dios.


En cuanto a la pronunciación de estos códigos, dicen los grandes maestros que cuando se pronuncian los nombres de Dios, es Dios mismo el que los está pronunciando a través de tu boca; le prestamos nuestra boca para que mencione su nombre y puedan entrar bendiciones de otro plano.


Pero en Kabalá, el hecho de pronunciar un nombre equivale a una acción. Dios le dijo a Moshé ante el Mar Rojo: “Actúa”.


La acción, en esta caso, era pronunciar el Gran Nombre de Dios con el que se hacen los milagros, que permitió la apertura del Mar Rojo y liberar a los israelitas de una muerte segura y de 400 años de esclavitud.


Debido a la potencia de su uso, no se recomienda nombrar a Dios salvo cuando es necesario. Como muy gráficamente explica el Maestro Gozlan, sería lo mismo que usar las cataratas del Niágara para llenar un vaso de agua. De ahí el cuidado de los kabalistas, y de los judíos en general, de no pronunciar determinados nombres de Dios salvo cuando realmente se quiere invocar su intervención y siempre con las debidas precauciones.


Y de ahí, también, la orden del Tercer Mandamiento entregado a Moshé: “No pronunciarás en vano el nombre de Dios, porque YHVH no dejará sin castigo a quien pronuncie su nombre en vano”.


Esto explica por qué los apóstoles usan también el nombre de Jesús para hacer milagros. Así, por ejemplo, en Hechos de los apóstoles 3:6: “pero Pedro dijo: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo, eso te doy: en el nombre de Jesucristo el Nazareno, ¡camina!.



También San Juan, en la redacción de sus cartas habla del nombre, en este caso del Hijo: “Os he escrito esto, a los que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis la vida eterna.” (1ª de Juan, 5:13).


Igualmente, San Juan habla de un nombre nuevo que se entregará el final de los Tiempos en APOCALIPSIS 2:17


“El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe.”


[1] Las letras deben ser blancas para la meditación y negras para la escritura.


 

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