La percepción de Dios desde nuestro mundo



Desde este mundo en el que vivimos la percepción de Dios es prácticamente nula en estado normal. Sin embargo, con el estudio de la kabalá y la práctica de meditaciones - para aquellos que las utilizan -, tal percepción se potencia extraordinariamente.

La kabalá identifica, en general, a Dios con la Luz, el Creador como fuente de Luz o de placer. Así lo sienten todos los que se acercan a Él. La Luz (Dios) se refiere al concepto de dar, frente al concepto de Recipiente (Kli) que indica la idea de recibir.

En general podemos decir que, según aseguran los kabalistas, la experiencia más directa de Dios se percibe como “deleite”, como Luz, como Placer. Precisamente el término “kabalista” deriva de la palabra Lekabel, que significa Recibir la Luz del Creador. La Luz divina sería la energía que da vida al Universo en todos sus niveles.

En niveles meditativos se alcanza la sensación de que estamos siendo bañados en un aceite suave y tibio. Es la copa que rebosa que canta David en el Salmo 23.

Para la gente común la presencia de Dios en su vida se percibe como sensación de que todo va bien, de que Él nos acompaña. Nos sentimos, en cambio, lejos de Dios cuando aparecen eventos negativos en nuestra vida, tales como enfermedades, pérdidas, accidentes, precariedad en general y desgracias de todo tipo.

Lo cierto es que este Dios UNO que escapa a nuestro entendimiento, este Dios que habita en ese Mundo Infinito, fue el Creador de nuestro Mundo y de otros mundos y universos. Mundos que han sido creados de forma descendente, esto es, de manera que la LUZ baja desde el nivel más alto al más bajo y, según va bajando, va dando vida a los mundos, los vivifica. Cada nivel es un escalón que nos separa de Dios. Cada escalón recibe la Luz del nivel inmediatamente superior, pero en ninguno se alcanza la percepción completa. Sólo a través de la kabalá podremos acceder a la Luz superior.

Precisamente el objetivo de la creación es que el hombre, al sentirse lejos de Dios, de su Luz, al verse en la oscuridad y rodeado de problemas y teniendo que luchar cada día por sobrevivir, desarrolle un deseo de ascender, de volver a acercarse a Dios, empiece a subir por la Escalera por la que tuvimos que descender para meternos en un cuerpo físico. Y la única forma de volver a subir, de volver a encontrarnos con Dios, es a través de la corrección de nuestros deseos, esto es, tenemos que ir corrigiendo de forma progresiva nuestros deseos egoístas e irlos sustituyéndolos por deseos altruistas.



A medida que vamos puliendo nuestros deseos y haciéndolos altruistas, nos acercamos a los deseos de Dios, que no tiene egoísmo, y al tener deseos equivalentes a los de Dios nos acercamos a esa Luz, a esa sensación, que es como se percibe Dios desde la Tierra. Todo nuestro trabajo en este planeta se basa en esto y el método para la corrección se llama kabalá. Sus claves se recogen en la Torá.

La Fe es necesaria para llegar a Dios porque si no se cree en Él uno carecerá incluso del más mínimo interés para buscarlo. Pero solo la fe no es suficiente para llegar hasta Él. Es nuestra obligación conocerlo y la única sabiduría que nos permite explicar a Dios y su creación es la kabalá. Por eso es la única sabiduría que nos permite volver a Él, acercarnos a Él y al hacerlo, incrementar de forma sustancial los niveles de felicidad en nuestras vidas, además de completar la razón de nuestra existencia.

Sólo a través de técnicas kabalísticas – realizadas de forma más o menos consciente - y, sobre todo, a través del estudio de la kabalá, es posible ascender de nivel y acercarnos al Dios Uno, a la vez que vamos puliendo nuestro cuerpo animal y superando nuestra separatividad como seres humanos. De esta forma, nos vamos haciendo uno con el Universo, en el orden mental primero, y luego en los demás.


Pero para ello hay que acceder al pensamiento Divino. Este pensamiento es inaccesible, salvo una parte a la que sí se nos permite acercarnos: la Luz escondida en las letras hebreas, recipientes del pensamiento de Dios.

 

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