¿Para qué sirve el Árbol de la Vida?


La Kabalá es uno de los senderos espirituales, el que ha sostenido a la nación judía a lo largo de su historia. No es el único sendero, pero presenta una superioridad respecto a otras tradiciones antiguas y esta es que la Torá habría sido directamente entregada a Moisés por el Creador de este Universo, YHVH.


La cábala nos dice que, en realidad, el ser humano es creado perfecto; antes de venir aquí lo sabíamos todo. Pero, en el momento del nacimiento, un ángel nos da un golpe en la nariz y perdemos la memoria consciente con el objeto de comenzar una nueva vida. Todo el saber anterior queda oculto en el subconsciente.


Nuestro objetivo es recordar, recuperar la memoria que aquel ángel nos borró. Y para hacerlo, somos sometidos a las pruebas de la vida. A través de ellas, vamos ascendiendo por el árbol y cambiando nuestro mundo. Pero el mundo no cambia, como pensamos, por nuestra voluntad. Es cuando nosotros cambiamos, cuando cambia nuestro mundo alrededor; todos, y cada uno de nosotros, somos los responsables de llevar la creación a su perfección.

Así lo explica Rabbi Laibl Wolf en su libro “La cábala práctica”


Él cifra las claves para el éxito en la fe, la sabiduría, y en tener una mente abierta. Además de en tener conciencia de que la sabiduría se encuentra en el interior de cada uno.


Por eso, antes de cualquier expansión es necesario un proceso de introspección, porque el real saber, se percibe desde dentro, lo tenemos dentro, en nuestro subconsciente; sólo tenemos que rescatarlo. Eramos omnisapientes antes de venir aquí y seguimos teniendo dentro ese conocimiento, solo hay que despertarlo. Así lo explica Rabbi Wolf.


Dios nos hizo singulares. Cada uno tenemos nuestros dones y nuestros defectos. Nuestra belleza y la del mundo, en general, está en la singularidad de cada uno, de cada cosa, de cada objeto, de cada persona. Todo, todos, somos una chispa divina con un objetivo. Todo, todos, estamos aquí por algo y para algo, en este tiempo de vida.


Aunque a veces nos quejamos de lo dura que es la vida, lo cierto es que vivir en la Tierra es un regalo. No es fácil llegar hasta aquí. Pasan, a veces, cientos de años entre reencarnación y reencarnación para que puedan darse las condiciones adecuadas y uno vuelva a nacer en este mundo físico. Así que, nuestro primer deber, es dar gracias por la vida; porque cada lifetime es una nueva oportunidad de cumplir nuestro destino.


El objetivo de cualquier ser humano ha de ser:

  • alcanzar un equilibrio entre mente y emoción, (realización y emoción: equilibrio Sol-Luna).

  • superar los miedos – cada uno los suyos - y alcanzar seguridad interior (fuerza interior, integridad y serenidad).

  • Aprender a desplegar las energías más altas del árbol de la vida, que son el amor y la compasión. Ello se consigue a través de las conexiones emocionales con las demás personas, creando relaciones cálidas, integradas y plenas de confianza.

  • Lograr el dominio de las palabras que salen de nuestra boca, que son la expresión de nuestra singularidad. Nuestras palabras reflejan quienes somos.

  • Comportarse como queremos ser, no como somos. Los defectos son lecciones a tratar, puntos de nuestra personalidad que tenemos que trabajar para llegar a controlar. Somos un diamante en bruto que debe ser pulido.

  • Cada uno con su color, cada uno con su peculiaridad, cada uno con su belleza particular y única.

Para conseguir todo eso, debemos aprender a manejar las 10 energías básicas que conforman la estructura original de nuestro universo, el patrón base sobre el que se ha construido todo lo demás.

Son las 10 sefirot (sefirá en singular, sefirot en plural) de las que habla Abraham en el Sefer Yetzira, primer libro de la Kabalá hebrea y que se representan en el Arbol de la Vida, que tiene distintas versiones, siendo ésta su versión correcta:


Cada sefirá o esfera representaría un tipo de energía disponible en el universo, ordenadas de arriba abajo según su nivel vibracional. Las energías de mas alta vibración son las más altas y pertenecen a los ordenes superiores; según se va bajando por las esferas, la energía se va densificando hasta llegar a la ultima sefirá, Maljut, que representa el mundo físico y la materia, la vida en la Tierra.


La emociones, por ejemplo, serían las energías que se corresponden con los 6 planetas centrales de la astrología, de Jesed (Júpiter) a Yesod (Luna), y se manifiestan a través del corazón. Las energías que definen la mente son masculinas y las que definen la emoción son femeninas.


Nosotros, el ser humano, somos un ser dual, la unión de un alma y un cuerpo en un único recipiente. En realidad, el cuerpo es nuestro recipiente y el alma está, indisolublemente, unida a él en este tránsito terrenal, en esta vida que vivimos y que obliga a la convivencia entre 2 entes tan diferentes: el cuerpo y el alma.


El cuerpo vive en un mundo físico, sujeto a unas leyes físicas (electricidad, magnetismo y gravedad) además de al instinto; y el alma, que habita en él, tiene que decidir y gobernar este cuerpo a pesar de que pertenece a niveles distintos al plano material. Nuestra alma reside en los mundos superiores y es ya perfecta en si misma, porque allí no existe el tiempo. El alma es el Árbol de la Vida.


A través de la kabalá uno aprende a integrar ambos mundos, viviendo plenamente en el mundo real pero con plena conciencia del vínculo existente entre lo que aquí ocurre y lo que sucede en los mundos superiores que, en realidad, son "el mundo de las causas", ya que esta Tierra en la que nos movemos sería sólo el mundo de los efectos.


Porque todo lo que nos pasa en este mundo físico, los eventos que atraemos a nuestra vida, las personas que llegan a nuestro camino, todo ello, es consecuencia de lo que pasa en el mundo de Arriba. Lo que aquí vemos, no es más que el efecto de lo que allí sucede.


El alma para los judíos no es algo pequeño. El alma de un ser humano trasciende 4 reinos paralelos que se llaman los Olam. Y el alma, o más bien, la parte más baja de ella, su extremo inferior, se introduce o llega a nuestro cuerpo a través del subconsciente, desde donde fluye al resto. La conciencia se sitúa ya en el nivel inferior.


La kabalá no es solo estudio; uno, también, debe, además de conocer, comenzar a vivir conforme a sus conocimientos. Es necesario un período prolongado de aprendizaje espiritual, pero el ultimo don, que es el uso y el manejo de las percepciones extrasensoriales, siempre se concede desde lo alto.


No todo el mundo que estudia kabalá llega a este nivel. Cada kabalista tiene su propia modalidad pero, en todos los casos, el que practica kabalá, aprende a percibir las energías y, luego, a traducirlas en algo físico. Porque el mundo físico no es más que una imagen finita de los reinos infinitos. Y es nuestro trabajo contribuir a desarrollar la creación a través de nuestras acciones en la Tierra.


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